sábado, 18 de noviembre de 2017

El Amor no engorda


El otoño está muy cerca, tan próximo que lo siento reflejado en mis pupilas. Los ojos son a veces y desde muy cerca espejos donde se reflejan los sentidos. Antes de que la vista se cansara veía mi rostro reflejado en los ojos del otro. 
En el enamoramiento se ve con toda claridad, todas las emociones se concentran en él, no necesita de condimentos ni condiciones, salvo la intensa ilusión de vivirlo como un relámpago atravesando el cielo y penetrando la tierra. Lleno de luz, veloz y tajante como el bocado de un animal salvaje de grandes y afilados colmillos cuando tiene hambre. Nuestra historia se perfila en el cambio de los sentimientos a lo largo de la vida, son fruto de una pócima extraída de las más profundas experiencias, esas que enseñan a los sentimientos a combinarse hasta convertirse en pura emoción. La delicadeza, la sensibilidad y la ternura nos sumergen en un hermoso lago imaginario donde buceamos con los ojos cerrados y la boca abierta, como peces que engullen a la corriente y extraen de ella el aire que respiran, respiramos complicidad en el enamoramiento, comemos metáforas, sonrisas y mucho pan recién hecho e imaginario hasta sentirnos llenos. Sonreímos sin que nada ocurra, nos animamos sin drogas ni alcohol, engordamos sin aumentar ni un solo kilo, aún aumentando en todos lo sentidos. Tal es el poder del enamoramiento. 
Poder poder parece fundamental, esencial, pero lo llamativo y quizá lo sustancial es cuando no podemos aunque tengamos el poder, cuando podemos pero no sabemos, cuando podemos pero no queremos, y en esto último no me refiero a no querer de forma clara y voluntaria-que también- sino en el sentido más psicológico de los conceptos. Tenemos el potencial y la capacidad pero algo interno nos frena, sería como conducir un automóvil con el freno de mano puesto, el coche se mueve por su potencia y dependiendo de ella pero no funciona bien, tarde o temprano algo se romperá. Todos necesitamos amor, poder activarlo, tanto de ida como de vuelta, aún así muchas veces hay frenos ocultos que nos inmovilizan, inhiben nuestra capacidad de amar y de dejar que nos amen, si bien no solemos tener una clara consciencia de qué está ocurriendo sí sentimos las dificultades en torno a síntomas físicos y emocionales. Sentirse incapaz emocionalmente o no creer poder ser objeto del amor o al menos del deseo y en cualquiera de sus modos, implica una rémora de incalculables consecuencias que no solemos tener en cuenta, ni en nosotros ni en los demás. La crueldad en este sentido se ve con toda virulencia en las relaciones entre niños, expresan su desprecio en directo y con toda claridad, sin embargo el adulto esconde ese mismo distanciamiento de formas más sutiles pero en el fondo consiguen el mismo resultado, el rechazo o la indiferencia. Cuestiones muy diferentes pero que juntas explosionan en la autoestima destruyéndola.
Hace años escribí un verso que decía que el amor es el aire de la vida, hoy propondría otro al unísono, el amor también puede convertirse en el veneno de la vida. En esta afirmación, aparentemente contradictoria, paradójica, como casi todo en la vida humana, no hay una negación a priori, sino que su posición viene marcada por la circunstancia y más concretamente en la relación que cada uno de nosotros somos capaces de tener con el amor y en última término en la interacción de cada individuo con los otros. En esta bidireccionalidad se instrumentan los más limpios u oscuros sentimientos, las mayores carencias y los permisos que damos o nos dan y que nos permiten saber si somos sujetos merecedores o individuos marcados por la inanición emocional.
Cuando nos aman, cuando amamos, frotamos la lámpara de Aladino y pedimos al genio tres deseos, uno depende de nosotros, el otro depende del otro y el tercero depende de la interacción. Así el amor se convierte en un tesoro, o en una crisis al perderlo o en una oportunidad de aprendizaje, en todo caso nadie duda de la importancia del amor en el desarrollo de la vida, si acaso habría que preguntarse si las emociones emanan como un manantial o se aprenden desde la educación. A poco que entendamos la fábula se aprende de la experiencia.
A poco que hayamos vivido se intenta aprender y no siempre se consigue.

Puede que tengamos que revisar los porqués.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Chiringuitos


Son las fiestas de Buñol, paseo despacio con un grupo de amigos hacia los Chiringuitos de San Luis, paso la feria y todo está apagado. La curva que iniciaba la vuelta sin hora de retorno está en silencio, una brisa suave y un olor a río limpio violenta la pituitaria. Dicen que no hay mal que por bien no venga. Asumo que me he hecho mayor y que aunque me-nos empeñemos las cosas cambian, curiosamente a mi los cambios me ponen, si bien la mayoría  son como decía un buen psicólogo dos pasos para adelante y uno para atrás, dos pasos para adelante y uno para atrás. Al final el resultado es que cuesta mucho dar un paso real. Y nadie tiene la culpa, la culpa es del cha cha cha…
La buena música por mucho que pase el tiempo sigue siendo buena, la mala se queda en el olvido de un verano, quizá de un otoño, quizá de un invierno, quizá de una primavera. Los problemas no los trae la música sino la exigencia del público. Que vas a hacer si para un día que sales a la semana te ponen una música que no te gusta, pues… bailar, qué remedio. O irte, es otra opción, o hacerte extraterrestre que también es una opción cada vez más recurrente.
Damos la vuelta, tanta oscuridad confunde los sentidos y ya no está uno para caerse un porrazo y visitar hospitales, no apetece, y menos en Agosto y menos en fiestas. Todo el mundo no está alegre en fiestas, hay quien no tiene motivos para estarlo, yo intento tener siempre uno, aunque reconozco que a veces cuesta. No tanto por uno mismo, también porque siempre hay familia o amigos que lo pasan mal y aunque sea por las neuronas espejo o búscate qué siempre te ves afectado por males del próximo, de los propios ni hablo, es más bien obvio. Hay tiempos para todo, no soy uno de esos agoreros que siempre ven la mancha antes de mirar al cielo. Y hay que acostumbrarse a que en la vida pasa de todo, de todo de todo: Bueno, malo y regular si no nos ponemos muy exactos, para el caso no lo veo necesario. Me parece que está bastante claro.
Aún así y pese a todo sigo sin acostumbrarme a que los Chringuitos no estén de la curva para arriba, me falta algo, no sé si es la intimidad, la complicidad con el lugar, los distintos estilos de música y de personalidades, o si es la cercanía del río, su sutil sonido, o la naturaleza dándote la mano o en muchos casos abrazándote, quizá pueda ser la luz de las estrellas reflejadas e iluminando de un color mágico las hojas de los pinos y las garroferas… o mirar al cielo mientras meas y estar pensando si irte o quedarte. Suele ganar quedarte, eso sí antes de que se haga de día  y como Drácula salir corriendo para que no te quemen las culpas de los rayos de sol. Estar de fiesta es una expresión que todos entendemos y con toda claridad, incluso cuando el ánimo no está para ella. No es posible navegar siempre a favor del viento, eso dice un amigo que tiene un velero de un par de metros, menos mal que nadamos con soltura y siempre costeamos. En fin sigamos con el tema que tiendo a la dislexia, eso es mejor que ahogarse, pero no deja de desviarme de mis pretensiones.
No sé si me he hecho viejo y la nostalgia se apodera de mi como a Jorge Manrique en su  todo tiempo pasado fue mejor o simplemente añoro esos Chiringuitos varios y diferentes encastrados en los bancales y las hormas de una de las zonas más bonitas de Buñol. Me gustaba escuchar distintas músicas paseando, intentando reconocerlas para averiguar a cuál dirigirme y en cuál de ellos encontraré esas caras amigas que siempre buscamos.
Vuelvo de los Chiringuitos y ya no están, un ser humano con la sangre hervida lanzó a otro ser humano por un puente en el que tantas y tantas persona se besaron, se acabaron las emociones de apego, de encuentro, alguien lo rompió todo, ni siquiera se dio cuenta del verdadero daño que hacía, tal es el odio, tal es la vida a veces y su versión tan desgraciada para algunos. No todos tenemos la misma suerte. Hay quien nace con la mochila de otros hasta desfigurarlos de tanto peso y sufrimiento. Y más.


Abogo por recuperar lo Chiringuitos y ayudar a quienes no saben disfrutar sin destruir, apuesto por enseñarles a divertirse con nosotros, propongo que seamos nosotros los que hagamos que no quepan las miserias humanas ni la inquina ni el odio en nuestras fiestas. Espero que vuelvan los Chiringuitos alegres y silbantes como el pájaro que se fue y cada año vuelve anidándonos entre sus alas, volando alegres.
Fiesta. Y parece tan fácil. Construyamos nidos.

domingo, 27 de agosto de 2017

¿Qué Buñol queremos?


La primera pregunta que todo ciudadano debería hacerse sobre su tierra quizá sea: ¿Qué Buñol queremos?
La pregunta tiene más rigor que nunca, la caída del PGOU nos obliga a volver a hacerlo, quizá no de cero, pero sí desde distintas perspectivas y con un análisis profundo sobre qué Buñol queremos, hacia dónde vamos, qué estamos dispuestos a mejorar, sin las prisas de la política rápida y electoralista, y a qué estamos dispuestos a renunciar desde los límites de la realidad, del pasado, del hecho, de aquello que ya está ahí y no podemos eliminar de un plumazo. Siendo realistas y sin perder de vista el fin que se encumbra desde el idealismo.
En lo público hay  que ser muy serio y tratar de ser lo más eficiente posible, no se me ocurre ningún camino mejor que el de la inteligencia colectiva apoyada sobre la base de  un conocimiento sólido y técnico sobre cada asunto. La tan de moda participación ciudadana no tiene un sentido serio sin el conocimiento necesario para elegir las opciones mejores desde el punto de vista técnico, social e institucional. La información veraz y el conocimiento contrastado crean la esencia del éxito en la participación ciudadana: el criterio desde el saber. La subjetividad del criterio individual tiene necesariamente que dar el paso fundamental hacia un criterio grupal o social. Solo cuando el representante y el representado trabajan juntos se puede conseguir la tan ansiada unión entre la ciudadanía y la política y la tan necesaria inteligencia colectiva. Hoy ninguna rama de la ciencia o del saber se sostendría sin el conocimiento multidisciplinar, la medicina trabaja con la ingeniería y la informática, la industria y la agricultura con la mecánica y la robótica… y así sucesivamente, el presente y el progreso no se entenderían sin tener en cuenta  la unión en los proyectos de las distintas y diferentes disciplinas que pueden y deben converger en un mismo fin.
Por todo ello, si queremos contestar a la pregunta qué Buñol queremos, desde el criterio, la eficiencia y la ilusión de progreso, debemos profundizar en crear estructuras que liguen el poder institucional con la inteligencia colectiva de ciudadanos y de técnicos.
Para conseguirlo se requiere claridad y actitud sin miedo al cambio y una profunda creencia en que juntos podemos hacerlo mejor que separados y distantes. Es algo obvio pero que desde el ámbito político ha sido muy mal gestionado en pro de intereses de partidos, de grupos económicos y de poder. Todos ellos ajenos a los problemas reales de las personas, buscando sus prebendas y llenos de corruptelas. Aún produciéndose a nivel autonómico y nacional no han dejado de penetrar en todas las capas de la sociedad, especialmente en los ciudadanos que han sufrido los abusos del poder y del dinero de forma brutal.
La nueva política es aquella que nunca debe perder de vista los intereses de los ciudadanos, del colectivo, pero también aquella que no olvide nunca la importancia de la inteligencia colectiva desde la participación real. No podemos progresar la una sin la otra, por mucho que se empeñen algunos partidos en hacernos creer de una forma retrógrada y patriarcal que todo nos irá mejor si dejamos la política en sus manos.
Hay que poner en valor la política local, la más cercana, la que conforma los pilares que sostendrán estructuras bien construidas, de abajo hacia arriba, de ahí la importancia del municipalismo como primer axioma, como primer escalón para que la inteligencia colectiva y los intereses de las personas impregnen todas las instituciones hace arriba. La  fuerza está en trabajar unidos, desde el sentido y el bien común, desde la energía y la actitud que se crea en el esfuerzo colectivo.
Tenemos que agruparnos, organizarnos, reflexionar, analizar y actuar juntos para conseguir que Buñol sea un oasis entre tanto desierto.
Buñol necesita un turismo de calidad lejos de las excesivas masificaciones, Buñol necesita un urbanismo del S.XXI accesible, eficiente energéticamente y comprometido con preservar nuestra naturaleza y nuestro medio ambiente, Buñol necesita suelo en óptimas condiciones para que industrias limpias se instalen y generen puestos de trabajo de calidad, Buñol necesita viviendas de fomento público sin especulación, Buñol necesita mayor y mejor educación social, Buñol necesita mayor coordinación entre áreas y servicios… y así un largo etcétera. Pero lo que más necesita Buñol es la ayuda y la participación de los buñoleros en el Ayuntamiento, personas con formación y con compromiso, con capacidad crítica constructiva, con propuestas e ideas creativas, con energía y actitud positivas, con un profundo amor a nuestro pueblo.

Buñol te necesita a ti, quizá no lo creas pero sin darte cuenta te has ido o quizá te echaron… sin darse cuenta, en el mejor de los casos. Vuelve… se te echa de menos.

sábado, 12 de agosto de 2017

La Ley de la Selva


Hay pequeños lugares con mucha historia, la creamos nosotros al vivirlos. También esos lugares contienen mucha histeria y dramas que se crearon de espaldas a la vida. Hay rincones con vistas al pasado que miramos desde el presente y espejos que los reflejan imaginando el futuro. Eso que llamamos tiempo son experiencias en la mente y cambios en el cuerpo, marcas, huellas que nos recuerdan que envejecemos, unos sonrientes, otros impasibles y otros bien jodidos. La actitud es el eje de la vida, el centro del devenir que consume nuestro tiempo. Los límites son las fronteras entre lo posible y lo no posible. Hace unos días viendo una película escuché una frase: En el último instante, ante la muerte, solo cabe la resignación. Quizá el límite de los límites.
La circunstancia, te pone constantemente en tesituras a poco que te muevas, me pregunto mientras escribo cuántas decisiones tomamos al día y cuántas de ellas llegan a cambiar realmente el contenido de nuestras vidas. ¿Todas, algunas, ninguna? Le ruego, estimado lector, que elija la que más se ajuste a su opinión. Mi respuesta es todas, quizá no sea lo relevante, lo importante suele ser el grado de consciencia de cada por qué.
No es necesario seguramente estar continuamente haciéndose preguntas, incluso quizá sea pernicioso para nuestro estado de ánimo abusar de ellas, pero eso sí, las respuestas cuando son esenciales llenan los vacíos que nos dejamos en el anterior artículo, esos que no sabemos, no queremos o no podemos llenar todavía.
La sociedad es la selva y también la circunstancia, si no salvamos la circunstancia, no nos salvamos nosotros, como diría Ortega en su famosa frase que tantas veces he usado para intentar comprender eso que llamamos vivir. Vivimos en sociedad y con leyes, no son naturales y no por ello dejan de ser salvajes. Somos severos como un león, atacamos al árbol caído como un buitre o una hiena, competimos desde nuestro aspecto a nuestro valor y todo ello desde la cárcel del qué dirán, fieles a la circunstancia y al ojo que todo lo mira, ese que solo está en nuestra imaginación, pero que a poco que algún comentario se dirija a nosotros lo ampliamos hasta el grado de ley. Todos te miran cuando das que hablar por causas mayores, cuando te sientes culpable, débil o te has equivocado. El divorcio es uno de los ejemplos más explícitos del fracaso y a los efectos de comprender la sobrexposición real y de manera especial mental. Todos tenemos opinión, incluso cuando no conocemos los detalles y aún menos la verdadera historia del otro. Hablamos muchas más veces sin criterio que con él. Requiere mucho esfuerzo, tiempo y dedicación conseguir desentrañar todo aquello que nos puede dar contenido y conocimiento hasta llegar al criterio. Otra frase que he usado mucho con la intención de entender: “No juzgues a nadie sin conocer su infierno”. Aún así todos juzgamos, especialmente los que dicen que no lo hacen, casi siempre sin conocer parte alguna del infierno del otro. Hay quien vive siempre en el infierno y no lo sabe, aún menos nosotros, conocemos pequeñas partes, siempre que hayamos experimentado mínimamente, de ese infierno en el que día a día viven muchas personas, les hablo de ese sufrimiento que no cesa, ese que se construye en la interacción con los demás y con el mundo, crece desde adentro y dentro se queda, es como una cerilla, al mínimo contacto con algo que nos raspa se enciende y el fuego nos quema, cuando nos quemamos hay una consecuencia sine qua non, queriendo o sin querer, propagamos el fuego y quemamos primero a los que más cerca tenemos. Y no para… la cosa sigue en el punto y aparte.
La sociedad arde en silencio y no nos damos cuenta, callados, detrás de las puertas… los fármacos crecen y crecen cada año, especialmente los tranquilizantes y antidepresivos. Se sufre, se sufre demasiado y también se oculta demasiado. Es un virus que se expande cada vez más y al que no se le busca vacuna. Entre otras cosas porque no existe ni existirá vacuna alguna. Solo los ojos, todos ellos, aquellos que miramos y nos miran y aquellos que aún no mirándonos nos miran, son capaces de curar esta pandemia.
Somos todos parte del problema y por lo tanto somos todos, al menos la mayoría, la solución. Todos sentimos igual por mucho que nos empeñemos en sentirnos unos mejor que otros. Nadie siente mejor, en todo caso algunos se sienten mejor que otros, así comienza la ley de la selva, cuando desaparece la empatía y dejamos a uno solo de nosotros a merced de su circunstancia.

Hay pequeños lugares con mucha historia… la esperanza está en el sentimiento, en el conocimiento, en la educación y en la memoria.

viernes, 7 de julio de 2017

Entre cada palabra un vacío



Hace ya tiempo leí, en algún lugar que no recuerdo, un descubrimiento científico en el que afirmaban que los átomos están compuestos mayoritariamente de vacío(léase la teoría cuántica de campos). Por otra parte hoy me ha llegado como de casualidad una frase de Eduardo Galeano que dice: ”Aunque los científicos digan que estamos hechos de átomos, un pajarito me contó una vez que estábamos hechos de historias” de su libro Los hijos de los días.
Siempre me han gustado los espacios, lo que se puede rellenar, el papel en blanco sin duda ha sido mi mayor debilidad y además descubro con buen ánimo que nosotros estamos hechos de historias. Sin duda alguna es cierto, historias que nos construyen y construimos. Probablemente seamos los seres que más tienen por rellenar, una línea millonaria de posibilidades cabe en uno solo de nosotros. Por eso somos todos ricos si en millones de posibilidades nos medimos. Auguro que si nos diéramos cuenta de nuestro auténtico potencial podríamos acercarnos a entendernos y a una mayor felicidad, el futuro pues es de aquellos que estén dispuestos a rellenarse. El futuro es de los gordos. Los anchos de miras, aquellos que sean capaces de adentrarse en el vacío y construir o modificar hasta conseguir llenar el espacio, cargándolos de contenido y por qué no de sentido, aquello que como condición o como elección hayamos decidido vivir.
La experiencia siempre implica llenar, en cada uno de nuestros movimientos, en cada uno de nuestros hechos se autentifica la realidad y más allá la consciencia. Si a un niño le decimos que no puede llegar a ser su ídolo lo negará hasta rabiar, sin embargo si eso mismo se lo decimos a un adulto lo asumirá con normalidad, sabrá sin lugar a dudas que no va a poder ser, la conformidad de un adulto es su propia línea de meta, tanto en horizontal como en vertical. Y su propia experiencia, su propia historia. ¿Me suelo preguntar por qué?
Mientras un niño sueña con ser “no se sabe qué” la ilusión es enorme, las ganas no tienen más que los límites físicos y la visión de la vida es presente y con comienzos uno tras otro. La vida es un gozo la mayor parte del tiempo y los deseos una lista infinita aún por rellenar. El yo está siempre presente, la curiosidad en su estado más agudo y su cuerpo en perfectas condiciones para estar en movimiento hasta caer rendidos, verdaderamente cansados.
Mientras intento observar al niño, el adulto aparece perezoso, cree saber muchas cosas de las que van a ocurrir sin necesidad de moverse hasta rellenar el vacío, al movimiento vital se le añade una condición, corre si vale la pena, va si prevé que va a conseguir pasárselo bien, escucha, habla, dice… si va a conseguir satisfacción con seguridad.
Entre el niño y el adulto, no sabría precisar cuál de los dos está más vacío. Si el niño de la fantasía omnipotente que cree que todo lo puede o del adulto que ya ha probado mucho y no parece que sea fácil de motivar más allá del umbral de la experiencia pasada proyectada.
Tengo la sensación de percibir al niño más en el presente-llenándolo- y al adulto mucho más cerca del pasado intentando llenarlo. Cada uno llena el vacío de un contenido distinto, de un tiempo distinto y de una actitud distinta.
El adulto llena el ahora de un pasado muy presente, el niño llena el ahora de presente con muy poco pasado. La medida es distinta, completa y llanamente diferente. 
Entre cada palabra que escribo hay un vacío, algo que no sé decir o que no surge o que no me es conocido o que no he sentido o que no he sufrido… Escribir es vivir, vivir conmigo, y contigo mientras estás leyendo estas palabras u otras que crecen en racimos llenando el aire que respiramos.
Los niños ya duermen, han estado viviendo sin parar durante todo el día, no escriben ni lo necesitan, descansan del hoy construido y lleno de todos nosotros, para ellos mañana será un día distinto, otro comienzo, otro vacío que llenar, otro espacio que recorrer. Para nosotros mañana será lunes… o viernes… otro día previsible, un vacío tan vacío que solo lo recorre el pasado o quizá las líneas transparentes que acotan nuestra huída. Una huída hacia delante que viene de atrás, simulando vivir, mientras llenamos los vacíos con repeticiones, con los mismos discursos, con las mismas seguridades que no existen, con los mismos miedos que tampoco existen, con el peso de una realidad que suele conducirnos al mismo lugar, con la angustia de sentirnos encarcelados entre espacios vacíos que parecen llenos, llenos de experiencias repetidas, llenos de espacios y silencios conocidos, llenos de tiempo, de un tiempo que hace mucho nos dejó de pertenecer.

Todos llevamos a un niño dentro: ¿Lo aupamos?

jueves, 1 de junio de 2017

La revista


Usted, estimado lector, no puede verla de cerca, la fotografía es muy pequeña en la publicación, yo sí la he podido apreciar a pocos centímetros, además de hacer la instantánea estuve un rato sentado cerca de ella, una revista con una modelo bellísima que me miraba todo el rato y sin parpadear. Me hice un rato el duro con el rabillo del ojo, pero al final caí en la tentación y la miré fijamente. Ella no dejaba de mirarme y yo no dejaba de preguntarme que hacía allí, a los pies de un algarrobo(garrofera), entre el sonido del agua y el canto de los pájaros. Me vino a la cabeza aquello que dijo algún pintor-no recuerdo quién- que cuando vendía o regalaba un cuadro era como un hijo que salía al mundo a hacer su vida, quién sabe a donde iría a parar, con quién habitará, qué ojos lo contemplarán, que pared o atril lo sostendrá, cuál será su casa y en qué lugar…
Algo así le pasó a esta revista, quién la compró y a dónde la llevó, dónde se deshizo de ella, quién la recogió, por dónde anduvo o habitó, y lo más transcendente, a quién se le ocurrió dejarla en medio de la naturaleza para que cualquiera se topara con ella, entre ellos yo. Podría hacer un discurso ecologista y quejarme de aquel que la arrojó a la tierra entre yerbas y arbustos pero no es mi intención en este caso concreto. Hubo un tiempo en que dejaba algún libro olvidado a propósito en las habitaciones de hotel, en aquella época los frecuentaba, viajaba constantemente. Me hacía ilusión imaginar que sería de él, pensaba que lo podría encontrar alguien que lo apreciara y le evocara emociones y pensamientos en una noche solitaria en la gran ciudad, incluso podía fantasear poniéndome en su lugar, dudando si llevárselo y hacerlo viajar haciéndolo suyo o no y dejarlo para el siguiente cliente con esa hermosa conciencia que emana del compartir. Este pequeño acto se convertía en peldaño de la escalera que guía al sentido.
Hace tres o cuatro años encontré un librito de poesía que publiqué en mi adolescencia en una web de venta de libros usados de Chile, no imaginan las vueltas que le di pensando cómo llegó después de más de 30 años allí, no pude resistirme y lo compré, pagué veinte euros con entrega incluida por un libro que vendí por 200 pesetas o regalé más probablemente y encima lo escribí, tiene gracia. Me sentía a la vez un poco tonto y por otra parte muy contento de saber cómo puede viajar lo que publicamos, adquiere su propia vida como afirmaba aquel pintor, me suena que era Antonio López pero no estoy seguro, la seguridad suele ser una fantasía necesaria en  todos nosotros.
La vida de los pequeños actos o de las más diminutas publicaciones o creaciones  son en potencia como lo somos nosotros, caben muchas posibilidades, muchos encuentros y desencuentros, se van, vuelven, se pierden y/o pasa a otro ó al olvido, después de un cierto tiempo quizá otro encuentro y más tarde otro y quién sabe cuando se cierra el círculo, hasta hacerse fósil caben muchos valores y probabilidades, incluso cabe desaparecer  ó pasar desapercibido, aún así siempre infiere en al menos una unidad. Es la suerte, la ventaja del creador, siempre hay un aporte en la reciprocidad de la obra con su autor al menos. Constituyen identidades unidas hasta el fin, de ahí la esencia de su valor.

He tratado de construir toda mi vida desde ahí, y en esa acción constante, siempre inmanente, ha estado presente la destrucción, conforman un tándem ineludible, incluso cuando ni siquiera hemos sido conscientes de su existencia dependiendo del resultado. En el fracaso aparece con virulencia y dramatismo, en el acierto se esconde esperando que la encontremos, a veces hay suerte y se muere uno sin conocerla, no hay muchos casos a menos que te estés muy quieto. La destrucción está en nosotros, como diría Freud, la pulsión muerte, tan grande y tan poderosa  como crear, asociada a las las ganas de vivir, a la pulsión vida o el espíritu de conservación.

La Revista está hecha para recorrer su camino. Cada uno de nosotros también. De entre muchos encuentros y desencuentros se irá creando el camino, desde la combinación entre realidad y fantasía, cada uno de nosotros las mezclará conjurando un pócima que guiará nuestros actos. La complejidad de la pócima será proporcional a la experiencia y derivará  en prejuicios, juicios, condicionamientos, convicciones, emociones, y si tenemos que concluir, en conocimiento. Primero vive y luego filosofa-dijo el filósofo-, se trata de comprender el ancho de cada camino y nuestra capacidad para verbalizar lo aprendido. Se aprende de los errores y de los aciertos, de la vida misma, eso sí, a veces, nuestras acciones nos persiguen, nuestros fracasos nos encarcelan y determinan nuestra actitud y por ello nuestro presente y nuestro futuro, como en la película Atrapado por su Pasado de Brian de Palma, un sueño que se escapa para siempre. Y termina con You are so beautiful to me de Joe Cocker. Y la melancolía se apodera de todo.


Por favor, no tiréis las revistas en la naturaleza, otras y éstas son las consecuencias.

lunes, 1 de mayo de 2017

A flor ando


En primavera casi todo aparece en la naturaleza, flores, frutos… y soles, tan distintos de la mañana a la tarde, tan distantes del fresco nocturno. El calor y el frío están más juntos que de costumbre y los resfriados y las alergias van a galope, entre semillas que vuelan, polen que se dispersa y brisas que enfrían los corazones cansados, los músculos entumecidos. Son o aparentan ciclos, desde el individuo que siente, percibe y mira, se reconocen como reconocemos en los espejos los diferentes rostros que somos a lo largo del tiempo sin perder la identidad. Todo cambia y todo es lo mismo a la vez. Las paradojas son esencias vitales, convivimos con ellas como conviven la vida y la muerte, una sin la otra dicen que no podrían existir, los contrarios se necesitan en la distancia más radical, los opuestos. No sé muy bien si es bueno o malo o ni bueno ni malo, simplemente es. Uno se pregunta muchas veces si lo que aflora es lo que estaba escondido ó lo que separa el fruto de las impurezas… o la verdad, si el tiempo es el que la dicta. He escuchado decir muchas veces que el tiempo pone todo y a todos en su lugar, aseverándolo de una manera inmutable. Llevo mucho tiempo esperando y no estoy nada seguro de que esto sea cierto, igual hace falta más tiempo, quizá una vida sea poco tiempo para que tal secreto aflore. No estoy muy seguro pero suena a esos refranes que ni se acercan a la realidad, llevo varias primaveras pensando en uno concreto: “Piensa mal y acertarás” y nunca llego entender como pensando mal se puede acertar, me enseñaron por lógica que pensar bien es la única manera de acertar. De hecho llevo toda la vida intentando aprender a pensar bien, sin prejuicios, sin verdades inmutables, sin dejarme llevar por lo que los demás aplaudirían, intentando formar mis propias opiniones con los máximos conocimientos posibles y sin la cantidad de “brosa” informativa que nos meten a diario. En tiempos pasados tener tu propia opinión, intentando ser lo más libre posible era uno de los grandes valores. Nos decían que debíamos tener personalidad y que de ella afloraría lo mejor de nosotros.

No habría mejor manera de darte que aquella que se acercara más a ser tu mismo, curiosamente ahora se penaliza. Los guiones hechos por otros, las opiniones copiadas unos de otros y de los telediarios o de internet o las obvias son las que más peso cobran y las más valoradas. 
Escucharlas te pone en tesituras complejas, uno no sabe si decir su verdad y por consiguiente ofender(nunca he entendido por qué), o callarse, o subirse al caballo que galopa entre semillas y frutos que afloran en cada época, dependiendo del tema principal. Siempre me pregunto quién fabrica el tema principal, y tengo respuestas, pero me aburren soberanamente cada una de ellas. Esto se nota y suele ocurrir que te quiere menos gente si tu opinión pone en evidencia la de otros, antes esto era un mérito, en una clase este hecho hubiese sido merecedor de una nota alta, hoy te hace sentirte raro, incluso distante de los demás, a poco que pretendas dar valor a una opinión trabajada y reflexionada, incluso corroborada en la experiencia, te distancia. Las caras cambian y las frases desmereciendo el proceso desde la broma, en el mejor de los casos o no tanto, afloran como espárragos en primavera. No hay otra salida, bueno sí, el ataque.
Dicen que la verdad ofende, no creo que sea así exactamente, pero sin duda la opinión ofende, sobre todo aquella que no coincide con la nuestra. Los discursos suenan casi todos iguales y cada palabra si la pasáramos por la famosa hemeroteca tendría su origen en alguien bien distinto de quien la usa. Decir lo obvio es fácil, decir lo que quieren escuchar las personas es conveniente, hacer lo obvio es fácil, hacer lo que las personas esperan es conveniente, tomar el riesgo de apostar por ideas nuevas, formas nuevas, proyectos nuevos es muy difícil, casi nadie lo espera, ni siquiera sabe si lo quiere, menos aún cuál sería su alcance.
Los pueblos tenemos que ser capaces de cambiar de verdad, de entender que si siempre hacemos lo mismo sin duda obtendremos los mismos resultados. Es muy posible equivocarse o fracasar cuando se intenta pensar y reflexionar para innovar, quizá por ello pocos apuestan por nuevos caminos. Me quedo con  la idea de Eduard Punset:

"Para innovar hay que estar dispuesto a cambiar de opinión como lo hacen los simios y no emular a los homínidos que no lo hacen ni muertos. Este consejo, se hace más necesario precisamente en tiempos de crisis que es cuando se debe aprovechar el cerebro" 

viernes, 17 de febrero de 2017

El Primer Paso



Antes de dar el primer paso, entre otras que no vienen al caso, está el deseo, las ganas y el pensamiento. El deseo y las ganas parece-yo no lo creo- que vienen de fábrica, el pensamiento se construye, depende de cada una de las experiencias que hemos vivido. Cuando dimos un primer paso y no lo conseguimos se ancló en nuestros adentros esa experiencia frustrante, a algunas personas los frena desde el miedo, a otras las motiva desde el deseo a traspasar fronteras, límites. Cada experiencia vivida nos construye, ordena y selecciona la biblioteca a la que consultarán nuestras emociones. Éstas últimas condicionarán nuestros pensamientos antes de tomar decisiones, mucho antes de dar el primer paso. Lo daremos o no, elegiremos movernos o quedarnos quietos, en base, a esos sutiles y peligrosos sentimientos que percibimos como resultado de cada uno de los pasos que construyen nuestra biografía. A veces los pasos se convierten en caminos y los caminos en viajes. La vida quizá es un primer paso que se convierte en emociones y pensamientos construyendo distintos caminos que recorremos hacia adelante o hacia atrás, cruzando puentes o barrancos, saltando muros y descendiendo a algunos infiernos, quemándonos, gritando, berreando, sonriendo… sintiendo desde todo lo percibido por los sentidos y más allá, en los túneles que se forman en lo más profundo de nuestras entrañas, unidos a las arterias y a la sangre. Da miedo muchas veces, navegar entre lo físico y lo etéreo, tan juntos y tan distantes, como la realidad y la fantasía, como dos personas que se aman y no saben cómo hacerlo. Convivir es entender la necesidad que tenemos todos del nido emocional al que volvemos cada día después de cada vuelo ó vuelos.
Necesitamos volar en pareja, en familia o en grupo y otras muchas veces solos, y no por ello dejamos de necesitar a los demás, más bien todo lo contrario. Es tan sano volar, ver, escuchar, oír, oler, tocar… vivir para después volver y compartirlo.

Algunas cosas son muy previsibles, cuando sentimos que hemos vivido una experiencia interesante lo siguiente es contarla, compartirla con alguien al que generalmente se ha elegido previamente. Sabemos con quién tenemos ganas de compartirla, probablemente porque será capaz de valorarla desde puntos de referencia similares a los nuestros.  Algunas historias no se comparten, esas suelen ser las que no suman, las que nos restarían credibilidad o valor frente a los demás, también las que hieren a la intimidad y se quedan grabadas solo para nuestros ojos: Los secretos.

Cuánto gustan los secretos, que bien recibidos son por esa morbosa y curiosa mente que nos vino dada, regalada para su uso y disfrute dirían los más optimistas, regalada para su uso y soporte dirían los más pesimistas. Esa cosita que comienza detrás de las cejas y acaba casi en la nuca. Ahí anda, escondida, dispuesta a ponerse en marcha en cuanto se abren los párpados, incluso mucho antes si queremos ser precisos. Siempre está en marcha incluso cuando parece que no lo está, incluso cuando dormimos. Qué pesada, tanto como una madre, pero que miedo sin ellas y con ellas. No deja de sorprender como algo puede ser tanto malo como bueno. Al primer paso le pasa lo mismo, puede ser el comienzo de lo bueno o el principio de lo malo quién sabe.

Una vez un tipo que había estudiado mucho y muy curtido en las contiendas humanas me dijo que el bien y el mal no existían salvo en términos radicales, después de algunos años más de vida vivida-lo remarco- creo que tenía razón.
Para todo hay un primer paso, incluso para aprender a andar. Los primeros pasos son decisiones tomadas sin que haya otro remedio, son de obligado cumplimiento para cada uno de nosotros, se rigen por acuerdos completamente ajenos a nosotros y que nuestra naturaleza conduce por sí sola. El primer paso es el telón que se abre o que se cierra, la manera de seguir cada vez que algo concluye, la puerta que se abre desde las pérdidas y la ventana que se cierra antes de lanzarnos al vacío.
Cuando algo se acaba algo nuevo puede comenzar, cuando algo comienza todas las posibilidades se abren ante nuestros ojos, lo más difícil suele ser no repetir y repetir lo mismo en cada inicio convirtiendo nuestras vidas en un eterno retorno.

Ítaca siempre a lo lejos, siempre presente. Cuidado con las esdrújulas, a menudo son cantos del fondo de los océanos, ecos de todo aquello que pudo haber sido y no fue, aquello que vivió en nosotros siempre como un comienzo y se desvaneció entre los dedos. Los primeros pasos tienen el gusto del mar en verano, la fragancia de la tierra después de la lluvia, el sonido de la brisa en los campos sembrados en primavera, el tacto de las yemas de las manos amadas, la mirada de asombro al ver como todo se aleja de nuevo, confrontadas a esas ganas enormes de correr tras ellos para no quedarnos atrás.

Agua de fin de año



Si aprender tiene algún significado sin duda es saber medir. Saber implica muchas cosas, entre ellas, ser conscientes de lo que sabemos y de lo que no sabemos. Si supiéramos medir lo que sabemos y lo que no sabemos el diálogo sería comunicación de verdad y cada frase una bendición. También si aprendiéramos a escuchar y a hablar cuando toca. Para saber hay dos medios, o a través del estudio o través de la experiencia. Como hablamos de medidas probablemente se necesite más de lo segundo que de lo primero, si de saber de verdad se trata. No son pocas las veces en la que te encuentras a personas muy versadas a través del estudio que poco saben en realidad de lo que están hablando, también se encuentra uno muchas veces a personas que creen que treinta años de experiencia es lo mismo que un año repetido treinta veces. Frase que he repetido muchas veces, si les soy sincero la primera vez que la leí y luego la escuché me la apliqué a mi mismo y me sentó como un chaparrón. De agua y chaparrón también van a tratar estas palabras.
En este fin de año sin duda el agua es la protagonista, como decimos en Buñol, está cayendo a “capasos”. Escribo a lado de la ventana y escucho su intensidad vibrante y su rebote vertical como billones de lágrimas. Mucha agua, mucha más que en todo el año. Parece que la naturaleza no deja de darnos lecciones, nos muestra como el exceso, la medida, es fundamental si queremos entender la vida.
Los finales de año saben mucho de medidas y de excesos, de hecho la mayoría comeremos y beberemos en exceso con esa emoción que la tradición impone de celebrar el nacimiento y el año nuevo y querernos y acordarnos, la mayoría, mucho más que durante el resto del año. Las medidas sin duda no son nuestro fuerte.

Los que fumamos lo solemos hacer en exceso, un cigarrillo al día, tres.. imposible, más bien una cajetilla o dos, para eso nos mentimos diciéndonos que es un placer, cuando en realidad es una adicción que se alimenta en lo más destructivo de nuestro interior. Podemos aplicarlo también a mal comer, a beber, a amar, a odiar, a trabajar, a no trabajar, a pensar, a sentir o a no sentir, a defender a nuestros amigos o familiares, a nuestro equipo de fútbol, a nuestro partido político, a nuestra banda de música o a nuestras razones, todas ellas y más las solemos pasear habitualmente en el exceso. Alguien estará pensando y en el defecto también lo hacemos la mayoría, que sí… pero sigue siendo un exceso, aunque bajo mínimos. ¿No es un exceso para un animal omnívoro solo comer verduras, o solo comer carne, o no comer lo suficiente por estar muy flacos y dar más o menos con el modelo?
Coño el modelo ya ha salido de nuevo, el molde.
Volvamos al principio, si queremos aprender algo, aprendamos las medidas no el modelo. Cada uno tendrá las suyas pero hay una manera de saber si en realidad son verdaderas o falsas. Sigue lloviendo sin parar, la naturaleza se empeña en que le hagamos caso. Ella sabe mucho de armonía y de nuestros excesos. Nosotros también, de mes en cuando, pero cuando nos damos cuenta en vez de cambiar o nos flagelamos o seguimos más allá del exceso. Freud lo llamó pulsión muerte. A esa manera que tenemos los seres humanos de hacernos daño consciente o inconscientemente. Eso sí en su mayoría con unos argumentos capaces de convencer a los demás y a nosotros mismos de cualquier barbaridad.
Olvidé decirles como averiguar si las medidas son verdaderas o falsas. Para ello me tengo que valer del concepto sano y si a cualquier cosa que pensamos, sentimos, o hacemos le ponemos la palabra sano delante es probable que consigamos obtener la medida y con suerte también la respuesta acertada.
Para uno mismo: ¿Es sano el profundo dolor ante lo que creo que siento como amor? ¿Es sano mi trabajo? ¿Es sano trabajar 14 horas 7 días a las semana para tener más allá de lo que necesito? ¿Es sano dar o relacionarme con los demás cuando estoy lleno de mierda sin limpiar? ¿Es sano callar cuando estoy sintiendo ganas de hablar o de gritar? ¿Es sano no defender mis intereses por quedar bien con los demás? ¿Es sano aguantar y aguantar y aguantar en pro de un bien mayor? ¿Es sano ser hipócrita? ¿Es sano consentir, consentir y consentir para poder vivir sin conflicto?

Mucha agua este finde año, lluvias intensas de lágrimas en Siria y en todas la guerras y excesos viles en el mundo, en las fronteras, en el mar y en la tierra, mucha agua para lavar sus consciencias, quizá también las nuestras, eso sí, sin saber, hemos leído mucho pero nos falta la experiencia. Por eso el bien es tan lento y aprender cuesta mucho, a veces, demasiado. De medidas se trata.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Podrías ser Trump


Llevo un tiempo pensando que nada se sabe de verdad hasta que se está al otro lado, en ese lugar que imaginas pero que en realidad no conoces con la precisión necesaria.  Mirar y ver no son sinónimos. Como consecuencia… solemos meter la pata cuando transitamos por zonas en las que no hemos estado nunca. No es que pase nada por meter la pata, de hecho es algo que nos pasa habitualmente y hay que tomárselo con deportividad o al menos con relatividad. Aún así me parece un tema serio para reflexionar un poco en él o al menos intentarlo, sobre todo porque en no pocas ocasiones causa ciertas y dolorosas injusticias. La injusticia y el dolor suelen ser sinónimos aunque formalmente no lo sean. Al igual que juzgar sin conocer suele acabar con el dolor de alguien o algunos. Así en abstracto parece poco grave, pero cuando condiciona, cuando no determina, la vida de una persona la cosa cambia. Podemos ser muy retorcidos y crueles los humanos, sobre todo con el otro, el que está al otro lado, ese al que muchos sienten como en el que jamás podrían estar, a poco que hayas vivido sabes que no es cierto. Muchas veces, demasiadas quizás, con muy buena intención puedes verte colocado a merced de la circunstancia en posiciones que nunca hubieras ni deseado ni imaginado. Son esos enigmas de la vida que hacen que no sirvan las matemáticas, ni siquiera los silogismos. Acabaré contando alguno, pero no tengamos prisa, le ruego me conceda el permiso de disfrutar de las palabras más allá de los hechos que las provocan, más allá de lo concreto, de lo tangible inclusive. Soy de esos que se regodean en el verbo y lo disfrutan como un gorrino. Hay quienes con buen criterio me lo recriminan constantemente, aún así no puedo evitarlo, siempre me ha gustado conducir y no hay mayor goce que conducir las palabras, el papel en blanco se llena y algo que estaba en tu cabeza pasa a tener rasgos y figuras que otros pueden leer, escuchar e incluso interpretar. Es fabuloso. Hoy más que escribiendo me estoy leyendo, ya sé que resulta inverosímil, pero lo siento de verdad, me leo mientras escribo y me lo paso en grande. De hecho ahora estoy sonriendo. No porque me haga gracia la falta de empatía y de compasión de los que no aciertan a poner en duda sus juicios sumarísimos o de aquellos que no saben o no quieren ponerse en el otro lado, el del otro, para al menos intentar conectar con las emociones ajenas, no para intentar vivirlas, sino para reconocerlas. La verdad es que no me hace gracia, por eso relativizo, me pongo en el lugar del otro con facilidad y eso es una gran mentira como tantas otras que nos construimos a diario. De hecho creo que no es posible ponerse en el lugar de nadie, ni siquiera entender bien al otro, por eso no comprendo la manía en nuestra sociedad de querer transitar caminos que no son los nuestros. Que fantasía omnipotente más absurda o al menos que potencia tiene la fantasía, puede pasar a realidad hasta sin vivirla. Tenemos muchos poderes, nuestra mente es un privilegio, pero como toda herramienta hay que conocerla y saber usarla, lo malo es que ésta viene sin manual, bueno… si descartamos los medios de comunicación, la educación, la sociedad y la familia como libro de instrucciones. Si no las descartamos sí tenemos puntos de referencia para esclarecer cómo se construyen las bases de los juicios de valor y las sentencias para el otro y cómo no, para nosotros mismos. Solo tenemos que comparar. Las comparaciones están cargadas de enormes dosis de simplificación. ¿Cómo parar de comparar? No se puede. Vuelvo a sonreír, pero esta vez por lo atrevido que soy, de tanto que me lo han dicho me lo estoy empezando a creer. Perdón por el chascarrillo.

Volvamos a la comparación, cada vez que un ser humano juzga a otro usa la proyección, o la introyección o ambas y otros mecanismos de asimilación de las conductas propias y ajenas, las dos necesitan de la comparación para que se produzcan, por lo tanto tendríamos que concluir que, al menos, estamos condicionados en todas nuestras valoraciones, de ahí que si pretendemos ser justos con los demás y con nosotros mismos deberíamos aplicar unos coeficientes correctores importantísimos: El respeto y la consideración, todo aplicable a las opiniones que tenemos de los demás, y lo que es menos llamativo por escondido, de nosotros.


No hay nada que te haga sentir y pensar con mayor igualdad a otro ser humano que saber que tú podrías ser él.

Podrías ser Trump y él podría ser un niño desnutrido y vapuleado de África o su madre o su padre o su abuelo o su abuela o un niño de Chiapas o un médico de Cuba en misión humanitaria o un cacique antiguo en la Andalucía de los latifundios. O un Apache.

Seguramente él no lo sabe. Ni muchos de nosotros tampoco sabemos cómo se puede llegar a ser Donald(ni el pato ni la persona). Hasta que la mayoría de seres humanos no lo entendamos, no creo que haya grandes cambios en el mundo.

sábado, 19 de noviembre de 2016

El Quinto Acuerdo: Quiérete sin condiciones


“Supo que pronto olvidaría todo lo que había aprendido. Quería acordarse de todas las visiones que había tenido, así que decidió llamarse a sí mismo Espejo Humeante para recordar siempre que la materia es un espejo y que el humo que hay en medio es lo que nos impide saber qué somos. Y dijo: «Soy Espejo Humeante porque me veo en todos vosotros, pero no nos reconocemos mutuamente por el humo que hay entre nosotros. Ese humo es el Sueño, y el espejo eres tú, el soñador».”
                               
Del libro Los Cuatro Acuerdos del Dr. Miguel Ruiz



Cuantas más cosas hace uno más se equivoca. Cuantas menos cosas hace uno menos  se equivoca. Quien hace muy poco yerra muy poco, quien hace mucho yerra mucho. La experiencia pues, solo se puede explicar con objetividad desde la acción y muy probablemente desde una suerte de aciertos y errores. Los aciertos corroboran, los errores enseñan. ¿Enseñan siempre? No, solamente cuando somos conscientes y los percibimos claramente. Cuando somos capaces de ser lo más objetivos, dentro de lo posible, sin velos, sin humo, la experiencia se convierte en conocimiento. Los griegos lo expresaban muy bien con dos términos “Doxa” y “Episteme”, el primero como saber relativo y el segundo como saber absoluto. Los dos conceptos caminan desde la creencia u opinión(Doxa) hasta el conocimiento objetivo(Episteme). En este sentido se podría explicar el movimiento entre lo que creemos que sabemos y lo que sabemos en realidad, entre lo que creemos saber y lo que sabemos entre el humo y los sentidos.
¿Por qué plantearse hoy estos conceptos?

Todo vive en nuestros adentros y ellos en su dolor me preguntan, qué podemos hacer cuando no somos impecables con la palabra y nos duele o cuando nos tomamos las cosas personalmente y nos duele o cuando adivinamos y suponemos y nos duele ó cuando no hacemos lo máximo, lo mejor que podemos y nos duele.
Quizá estos conceptos puedan ayudarnos a responder a estas preguntas. Creer no es lo mismo que saber: ¿Y si cuando creemos que no cumplimos con estos impecables acuerdos u otros estuviéramos cayendo en una gran trampa que nosotros mismos construimos?¿Y si lo que la experiencia nos dice de forma taxativa que no siempre sabemos, podemos o queremos? ¿Y si siempre no pudiera existir en los límites humanos, sería pues una irrealidad poder ser impecable siempre con las palabras? ¿Y si no tomarse nada personalmente fuese imposible si aceptamos como verdad que todos proyectamos nuestras partes neuróticas en los demás? ¿Y si adivinar y suponer fuesen maneras humanas esenciales, herramientas con las que como el miedo nos ayudan a protegernos? ¿Y si hacer lo máximo muchas veces fuese hacer lo mínimo, lo mejor que puedes? Repito, como otras veces, no hay mejor respuesta que una pregunta retórica. Bueno, igual sí, porque mejor si que puede ser siempre y peor también.

A menudo me despierto dos o tres o más veces al día, no es que esté dormido es que me descubro soñando, y a veces veo el humo, el humo que hay en nosotros y entre nosotros, y a veces, muchas veces, me sorprendo buscando entre la niebla aquello que realmente somos, soy, y me vienen preguntas rápidas y afirmaciones que escucho con contundencia, estrictas, severas como el ideal y me siento débil, incapaz de cumplir con tanta exigencia y me vuelvo a preguntar cómo un ser en potencia, como en realidad somos todos nosotros, siempre aprendiendo, siempre creciendo, siempre buscando y deseando, cómo puedo alcanzar algún hito de perfección. Y sé que me miento, me mienten y nos mentimos, nadie cumple los acuerdos, ni éstos, ni siquiera aquellos que en silencio nos prometemos al oido. Ningún ser puede ser lo que no es, por mucho que queramos que existan palabras impecables, relaciones impecables, juicios impecables, trabajos impecables. No existimos así.
Nuestra realidad es otra, menos radical, menos amarga, más abierta, más elástica, más dúctil, llena de grados, maneras, escalas y medidas. Somos de carne física y relativa, de ideas que se convierten en hechos, de hechos que son realidades y nos desmenuzan en trozos y nos montamos de nuevo. Somos siendo en un devenir finito individualmente.


Experimentemos pues sin dañarnos y quizá deberíamos hacer entre nosotros y con nosotros un único acuerdo: Querer y querernos sin condiciones.
Como idealidad tiene mejores cualidades.

lunes, 31 de octubre de 2016

Robots y Política



Lo bueno de la noche es que hay silencio, lo bueno del poder es que puedes. Por la noche puedes, a través del silencio, viajar tranquilamente por toda tu mente y dejarte sentir y pensar sin distracciones todo aquello que recogieron tus sentidos.
Los últimos meses, quizá años, sin duda lo requieren, estamos asistiendo en directo y día a día a fenómenos políticos de un enorme calado social. La maquinaria de la información junto con tantas campañas electorales nos han atiborrado del Prozac que abarrota los sentidos, los pensamientos, ralentiza la reflexión y paraliza la decisión.

Los momentos complejos son así, pasan y uno no tiene una idea clara de lo que está sucediendo, son demasiados los contrapuntos, las contradicciones, los galimatías, parece todo tan virtual que se distancia de la percepción directa para pasar a otra más distante, de esas que no mueven molinos. Es normal, mientras unos trabajan informándonos o creando la información y otros intentan formar gobierno, nosotros seguimos con nuestra vida diaria, con sus problemas, sus dificultades y sus conflictos, con su hastío o seguridad desde la repetición o simplemente desde el hábito. La mayoría somos dependientes de nuestra salud en primer lugar, del dinero en segundo lugar y de las relaciones en tercer lugar, o algo así, poco más o  menos, no importa demasiado ser aquí muy preciso se entiende cuál es nuestra realidad.

En noches como ésta, más nocturna que nunca, me pregunto sí somos conscientes de cuántos hechos asumimos sin pararnos a pensar por qué tiene que ser así y no de otra manera. Asumir que hay que trabajar para vivir es algo que casi nadie pone en duda, creer que si no hay gobierno las cosas nos van a ir muy mal también parece estar muy claro, escuchar a nuestro partido o nuestros líderes y repetir las palabras en las charlas de trabajo, de café o de bar también parece que se arme con toda normalidad.
¿De qué vamos a hablar si no es de la actualidad, de esa realidad que nos construyen desde los medios de comunicación y que aparentemente marcan la agenda de nuestros pensamientos?
Muchos diremos que nosotros no nos ocurre que nos ocupamos de nuestras cosas y que esta cuestiones  nos preocupan relativamente, a cierta edad-dicen algunos- se suele ser bastante escéptico y el pragmatismo y los propios intereses parecen estar antepuestos. En realidad es mentira, anteponemos constantemente nuestros verdaderos intereses. ¿O quizá es al revés y mezclamos nuestros intereses con ese batiburrillo de bondades que nos despliegan desde eslóganes y argumentarios mediáticos?

¿Por qué cada mañana nos levantamos para ir a trabajar? Qué pregunta tan tonta, porque de lo contrario no obtendríamos dinero a cambio de nuestro trabajo, sería probablemente la respuesta generalizada. ¿Pero es verdad? ¿Qué ocurrirá cuando los robots hagan la mayoría de los trabajos y no haya trabajo para tantas personas?¿De verdad creemos que esto está tan lejos de que ocurra? Ya existen planes para que un robot pueda hacerse cargo de todos los trabajos de la casa, o de que hagan los trabajos que más fuerza y resistencia requieren o esos en los que se precisa una habilidad matemática en cada movimiento. Y lo que es más real los robots trabajan 24 horas y no se cansan. Parece que nosotros tampoco nos cansamos de lo que no nos conviene en pro de esa seguridad manifiestamente falaz que sentimos desde las costumbres y desde las convenciones sociales.

Existe ya un pinganillo de oreja que se lo ponen dos personas y pueden entenderse en cualquier idioma sin necesidad de aprenderlo, cada frase o palabra que se dice se traduce al idioma del que lleva el otro pinganillo y al revés. Todavía comete errores pero en un tiempo prudencial lo hará de una forma impecable.

Estos y otros éxitos de la técnica cambiarán nuestras vidas, cambiarán el sistema productivo, cambiarán las sociedades y por consiguiente cambiarán a las personas en todos sus ámbitos. ¿Qué leyes nos protegerán para poder vivir con las mínimas necesidades cubiertas cuando el mundo del trabajo nos eche porque tienen máquinas más eficientes que nosotros y solo unos pocos sean necesarios para mantener el sistema?

Caben miles de hipótesis y elucubraciones ante tales preguntas. 
¿Tendremos un robot que cotizará a la Seguridad Social y nos garantizará una renta básica que nos pagará el Estado a cada persona?
Seguramente. Cosas más raras estamos viendo y casi sin inmutarnos.

Habrá que aprender a desaprender para volver a aprender. Igual con un cortocircuito.

domingo, 25 de septiembre de 2016

No quiero a nadie



El amor (y el querer) están siempre presentes en nuestra sociedad, se han escrito ríos de tinta sobre un concepto tan importante para las personas, infinitas palabras, análisis y estudios cuyo objeto es este sentimiento-para mí es una emoción-tan aparentemente sencillo pero en realidad, según mi opinión obviamente, muy compleja, tanto al dejarse sentirla como al practicarla. No son pocos los conflictos que provoca nuestro desconocimiento de su naturaleza. Aún más cuando sumamos las interpretaciones a través de las experiencias que cada individuo ha vivido en su familia y en su entorno. La singularidad es seguramente un punto de complejidad enorme a la hora de entender este sentimiento que todos necesitamos e incluso del que dependemos. Lo vivimos según la cantidad y calidad de los rechazos o quizá de lo positivo o negativo de las experiencias de cada uno de nosotros.  Ante el amor nos sentimos vulnerables, como consecuencia, nos  protegemos del dolor y el sufrimiento que muchas veces provoca o todo lo que en su nombre se enuncia y que poco tiene que ver con él, salvo como modelo.
En nombre del amor se asesina, se destruye a los que supuestamente se ama, en nombre del amor a las naciones y a las religiones se han hecho los mayores genocidios, en nombre del amor se han escrito los mayores dramas de la historia, en nombre del amor se han roto miles, qué digo miles, millones y millones de corazones desde la traición o la indiferencia. Son tantas las historias en la literatura o en el cine… que contienen el amor como tema de una forma explícita o implícita.
La bandera del amor, al igual que otros ideales como la de la libertad, la justicia, la solidaridad, la igualdad, etc… se han usado en favor de los intereses y las conveniencias de grupos de poder y en general y en otra escala también de las convenciones sociales.
Con tales antecedentes debería dar miedo simplemente hablar de amor, como todo ideal solo parece hecho para personas perfectas, para eruditos capaces de subordinar todo su ser a las reglas que se supone se deben cumplir para alcanzarlo. Aún así cada uno de nosotros busca el amor a diario, en forma de amistad, de aceptación, de pareja y  creo que en todas sus diferentes acepciones que no son pocas. Cada día, de una forma consciente o inconsciente, lo buscamos, intentamos alcanzarlo y merecerlo, lo más curioso es que la mayoría creemos que necesitamos a otra persona, ideal para cada uno, si queremos conseguir vivirlo. El eje del amor parece estar en el número dos al menos. Al tener la seguridad de que antes del dos existe el uno no deja de preocuparme si de verdad se puede llegar al dos sin pasar por el uno. Sinceramente, creo que no, y es un verdadero problema, lo veo cada día. 
Hace bastantes años una de las personas que más he querido en mi vida, si es que se puede querer también desde los errores y no solo desde los aciertos y las virtudes, me dijo esta frase que titula estas palabras: “No quiero a nadie”. Ha sido lo más contundente y franco que he oído en mi vida, no era la primera vez que mi amigo me lo había dicho, pero contándolo delante de una tercera persona, mi pareja en este caso, mientras tomábamos unas cervezas y picábamos ante unas exquisitas cazuelas de gambas al ajillo y chipirones en el bar los Caberotes, resultó una imagen y una aseveración muy impactante para mi y mi memoria fotográfica. Hay que ser muy honesto para decir una frase así y en serio. Escuché atento durante un buen rato su relato, sus experiencias y sus reflexiones, aún conociéndolas de antemano me sonaron distintas y conectaron todas las piezas de mi rompecabezas de súbito… y vi la imagen, me pareció completa, aún creyendo saber hoy que nunca está llena, ni siquiera en orden aunque lo parezca.
Fue la primera vez que me di cuenta con toda claridad de cómo el amor puede ser el más peligroso de los sentimientos, no en sí mismo, sino por sus consecuencias en los hilos emocionales más profundos de las experiencias de cada persona. Vi cada caparazón, de las muchos que se pueden crear, capa a capa, en el intento de esconder, de no sentir el profundo dolor y sufrimiento ante el que te puede poner el amor en circunstancias  atípicas y/o complejas. Entre el amor y el odio hay una línea muy fina que se mira al espejo.
Creo que por fin entendí la frase, no en su franqueza y literalidad, sino en lo que esconden las palabras sin darnos cuenta, creo que quiso decir: Quiero a la vida.
Esa noche u otra, no importa, escribí un poema cuyo verso final decía así: El amor es el aire de la vida. 

Primero el uno. Dejémonos respirar.

lunes, 15 de agosto de 2016

Por qué pensar



La foto que elijo hoy es de Ximo Ferrer, me gusta mucho su blanco y negro y sus enfoques y perspectivas, aunque reconozco que no hay nada como el color cuando se trata de captar la vida que más me reconforta.
Algunas personas no cantan en la ducha, desde que se despiertan hasta que se acuestan su actividad preferida o necesaria, no estoy seguro, es pensar. A los disléxicos nos cuesta leer sobre todo si lo escribimos nosotros, pensar es más fácil, se mueve como agua en un río, por gravedad, en este caso, humana. Pensar es muy gratificante si se hace ordenadamente, los problemas con el pensamiento es cuando choca con la emociones o cuando se amontonan y de tantos y tantos juntos no puedes pensar de tanto pensar, los profesionales de la mente lo llaman entropía psíquica.
Parece pues claro que pensar mucho es malo y pensar poco probablemente también, o quizá no pensar sea mejor forma de que estemos tranquilos, no estoy seguro, aunque tengo cierta tendencia a pensar que la virtud está en usar cada herramienta humana en su medida. Cosa nada fácil por cierto, se necesita mucho experiencia, auto-conocimiento  y entrenamiento.
Ayer pensé 34 veces en cómo llegar a final de mes, 26 veces qué es el amor y la amistad, 25 veces cómo ser mejor y que los demás me quieran, 22 veces cómo se llega a los 50 sin libro de instrucciones y cómo juzgamos por ello, 19 veces me pregunté si sabemos los buñoleros hacia donde vamos, 17 veces si soy buen padre y quizá buena persona, 16 veces qué y cómo lo haría si volviera a nacer con lo que creo saber a estas alturas de mi vida, 15 veces qué hago en cada lugar que estoy, 13 veces qué fue de tanto ideal y de tanto sentimiento rozando cada una de nuestras entrañas, 10 veces cómo puedo cuidar mejor de mi cuerpo, de mi mente, de mi familia, de mis amigos y de mis plantas, 18 veces si cuido a mi madre lo suficiente, 8 veces si soy raro, 6 veces cómo es posible sentirse a mi edad con la mayoría de necesidades que tenía a los 20 años, 5 veces en todas aquellas personas que sin querer he podido hacer daño, 3 veces en si aquellas personas que me han hecho mucho daño se dieron cuenta y 1 vez en qué peligroso es ir conduciendo mientras piensas en muchas cosas a la vez, aunque relaje esa soledad, el control y el movimiento.
Lo gurús de la sabiduría de estas cosas tienen varias teorías, aunque yo les llamaría hipótesis: Hay quien piensa que dejarse sentir y pensar poco es la manera de ser más feliz, los hay que afirman que no desear nada es la manera de estar en paz (a mi me suena a muerto), algunos están seguros de que no es posible ser feliz, ni siquiera estar bien durante todo el tiempo, los más escépticos opinan que todo depende de nuestra incapacidad para gestionar nuestros miedos, los que yo llamo armónicos creen que somos parte de una energía única que si sabes encauzarla todo irá muy bien, los sociólogos y antropólogos más radicales afirman que la dimensión social y las circunstancias humanas son tan complejas que somos incapaces  de poder entender y digerir tanta información y tantas acciones, hay algunos muy llamativos en sus conjeturas porque están convencidos de que la felicidad no es para esta vida, la vida plena está después de la muerte, uso el verbo estar porque el ser me parecería muy necrológico, y por último, de entre los que he considerado más destacados, están los románticos intelectuales, estos pregonan un vida plena si encontramos la armonía-siempre me recuerda a mi tía Armonía, mi madrina y tiene sentido y todo- son aquellos que creen al ser humano capaz de ordenar, medir, calibrar hasta sentir y pensar que cada cosa está en el lugar adecuado. Podría seguir, pero creo que tenemos suficientes referencias para hacernos una idea de las distintas creencias que circulan por el inconsciente colectivo.
Tengo mi propia hipótesis, quizá un poco enredada, circulando entre la gran tela de araña que es la mente humana, aún así el hilo está, en noches como ésta lo veo con toda claridad, en color, en su color y en su recorrido, lo que no consigo ver nunca es su final, es tan largo…


No sé si es bueno pensar, lo que sí sé es que pensar es necesario, de hecho en general solemos pensar poco y mal, probablemente porque nos enseñan muchísimas cosas que ocupan su espacio, ese momento que necesita tranquilidad, tiempo y reposo. Conceptos que ni aún cantando en la ducha salen claros ante nuestros ojos.

jueves, 30 de junio de 2016

Desde el balcón entre tiempos



Una vez alguien me dijo que lo seres humanos damos dos pasos para adelante y uno para atrás, dos para adelante y uno para atrás para aprender, el resultado  de inicio es un movimiento doble que parece rápido, intrépido, vertiginoso, da miedo, pánico incluso, para los más temerosos.
Una vez alguien me contó que no se puede vivir sin equivocarse y que la única certeza es que esa niebla somos nosotros. Caminamos entre la confusión y las ganas, entre el deseo y la razón, entre la indecisión y la acción. Decía… que como seres siempre en potencia disponemos de muchas herramientas y que según las encuentras y aprendes a utilizarlas creces, te desarrollas, si quieres claro, porque no todos queremos conocerlas todas, ni queremos aprenderlas todas, ni siquiera creo que todas las personas quieran que existan o se atrevan a usar las herramientas, esas capacidades que ocultas van aflorando a medida que la vida transcurre y las vamos necesitando.

Quedarse con unas cuantas herramientas, suficientes para conseguir la zona de seguridad y confort, aparentemente parece la forma más habitual, la más elegida. Pocas personas quieren complicarse la vida buscando, buceando en aguas desconocidas o pasando límites y fronteras.

¿Quién aconsejaría a sus hijos una vida sin un trabajo fijo y seguro, quién educaría para no trabajar, entendiendo el trabajo como una obligación propuesta por la sociedad y el sistema económico como única vía para sobrevivir comprando lo que se necesita-y lo que no-?
Tengo la impresión de que hay muchas premisas que nos vienen dadas y que todos asumimos como convenciones de sentido común, ejes de los que uno no debe salirse si no quiere complicarse la vida y sufrir. Tiene muy mala prensa el sufrimiento y con razón, pero también la tienen las dificultades y los errores y los fracasos y son cosas bien distintas, de naturaleza y de  cometidos absolutamente divergentes. La sobreprotección suele ser el resultado, tanto en la educación como en los proyectos de pareja o de vida.
Las consecuencias de estos últimos años de desolación social y de sufrimiento de las mayorías, han sacado a muchas personas de las zonas  de seguridad y de confort, nos hemos confrontado de bruces con una realidad que parecía que estaba reservada a sectores sociales marginales. Curiosamente solo así muchas personas hemos sido capaces de tomar conciencia de la realidad, y reaccionar ante ella intentando dar dos pasos para adelante, rápidos dadas las circunstancias, y desde obligadas conclusiones, muy reveladoras: Todos estamos expuestos a los vaivenes de los poderes y comprobamos claramente como los poderes políticos están a merced o al servicio de los grandes poderes económicos. Conclusiones altamente corroboradas, aún siendo una obviedad disimulada en la historia humana hoy están ante nuestros ojos por la más implacable realidad. Antes y aún hoy son nuestros ojos los que demasiadas veces miran y no ven o no saben o no pueden o no quieren ver, probablemente sea uno de los mecanismos más habituales del instinto de conservación y quizá abundando, un movimiento psicológico que intenta conseguir desesperadamente evitar la aterradora sensación de inseguridad que tanto condiciona nuestras vidas: El miedo.




El miedo es una herramienta humana curiosa, es nuestra mayor protección y un gran aliado y a la vez nuestro mayor enemigo en el exceso o cuando es mal interpretado. Nos avisa desde niños de los peligros, nos ayuda a no meter la mano en el fuego o a no caernos por un precipicio, por ejemplo. A la vez, como enemigo, si nos inunda hasta sus extremos, nos paraliza o nos hace regodearnos en una constante indecisión, el pánico es una de sus mayores acepciones y un gran destructor.

¿Cómo discernir entre el miedo que nos ayuda y el miedo que nos destruye?

Quizá solo puede reconocerse uno u otro por cada individuo en sus adentros y usando sus propias herramientas, siendo conscientes de las consecuencias, y posiblemente solo ellas, son las que hacen que percibamos lo que nos hace daño o lo que nos ayuda , ahí se puede encontrar la respuesta.
El miedo se ha usado por el poder de las élites, desde tiempos ancestrales, para dominar o condicionar a las masas humanas, en principio de una forma brutal y violenta, seguido del miedo a pecar y al castigo divino en las religiones, y en el último siglo hasta hoy desde las formas más sutiles imaginables, desde la metáfora de la zanahoria y el burro dándole vueltas y vueltas a la noria persiguiéndola sin llegar nunca a disfrutarla al sueño americano, siempre sujetos a los convencionalismos sociales del tener. La mimetización política, llena de palabras enormes usadas por todos como patria, libertad, igualdad, justicia… y vaciadas desde los hechos más corruptos convirtiéndolas en palabras huecas.
El próximo domingo tenemos una cita en las urnas histórica, cabe la posibilidad de que las personas nos emancipemos del miedo que conviene a unos pocos, y sin él, apostemos por un cambio de valores generacional, es uno de esos especiales momentos en el que con nuestro voto podemos, de verdad, hacer que nuestra sociedad de dos pasos hacia adelante, este domingo necesitamos encontrar y sacar todas nuestras herramientas en favor de las personas, de nosotros mismos. Unidos, sin duda, podemos.

Creo no ser un idealista bobo y probablemente daremos dos pasos hacia delante y el sistema nos hará dar un paso para atrás, quizá la única manera real de dar un paso contundente de progreso y caminar con sentido hacia adelante. Cada conquista humana en la historia se ha conseguido así, desde un grupo de personas capaces de leer en el corazón de la gente y transmitirlo.